Quizá el futuro no consista en que los ricos tengan más que nosotros. Quizá consista simplemente en que dejen de vivir con nosotros.
Imaginemos el año 2050. Las grandes fortunas tecnológicas ya no residen realmente en ciudades. Viven en islas, fincas autosuficientes y complejos protegidos. Desde allí continúan apareciendo en conferencias, entrevistas y actos públicos mediante avatares hiperrealistas generados por inteligencia artificial. El Zuckerberg que inaugura un congreso en París quizá esté tomando café a diez metros bajo tierra en el Pacífico.
La impostación de la normalidad sería perfecta.
La idea parece ciencia ficción hasta que miramos el presente. Mark Zuckerberg lleva años desarrollando Koolau Ranch, en Kauai. WIRED documentó inicialmente unas 1.400 acres, producción agrícola, suministro propio de agua y un refugio subterráneo de unos 460 metros cuadrados comunicado mediante túneles y equipado con una puerta de características propias de un búnker. En 2025, el medio informó además de nuevas adquisiciones que elevarían sus propiedades en Kauai por encima de las 2.300 acres. (WIRED)
Bill Gates ofrece otra paradoja interesante. El hombre cuya fortuna nació vendiendo software —el paradigma de lo intangible— se convirtió también en el mayor propietario privado de tierras agrícolas de Estados Unidos, con alrededor de 269.000 acres según The Land Report. (Land Report) Nos vendieron la nube mientras compraban la tierra.
Ahora imaginemos el siguiente paso.
Una aristocracia tecnológica protegida por inteligencias artificiales privadas, médicos algorítmicos y terapias de longevidad. Sistemas entrenados exclusivamente con sus datos biológicos que controlan alimentación, sueño, enfermedades y envejecimiento. Dos vidas simultáneas: una física, secreta y extraordinariamente protegida; otra digital, cuidadosamente fabricada para continuar representando cercanía y normalidad.
¿Y quién administra el mundo exterior?
También tenemos precedentes. Estados Unidos recurrió extensamente a contratistas privados como Blackwater durante la guerra de Irak; el Departamento de Justicia estadounidense documentó que trabajaba para el Departamento de Estado proporcionando servicios de seguridad en Bagdad. (Departamento de Justicia) Rusia desarrolló su propio modelo mediante Wagner, posteriormente reorganizado en África bajo estructuras vinculadas directamente al Estado ruso. (Every CRS Report)
Llevemos esa lógica unas décadas adelante: corporaciones con territorios privados, inteligencia artificial propia y fuerzas de seguridad externalizadas realizando el trabajo incómodo en un planeta deteriorado.
Arriba —o mejor dicho, abajo— estaría el club de los bunkerizados.
Fuera quedaría el resto.
Un mundo de escasez, alimentos industriales, vigilancia y desigualdad que inevitablemente recuerda a Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973), con Charlton Heston caminando por una sociedad superpoblada donde la élite todavía conserva espacios, comida y privilegios que han desaparecido para los demás.
Tal vez aquella película no imaginó correctamente el futuro.
Quizá olvidó un detalle.
Los privilegiados no vivirán en los pisos superiores. Vivirán bajo tierra.
Continuará.