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Cuando la música empezó a entrar por los ojos

Nuno Bettencourt ya advertía en 1991 sobre la sexualización de la televisión. Treinta y cinco años después, la imagen no acompaña a la música: muchas veces compite con ella.

Revisando viejas revistas musicales me encuentro con este número de Kerrang! de octubre de 1991.

En portada aparece Nuno Bettencourt, guitarrista de Extreme, convertido él mismo en reclamo visual. Dentro, sin embargo, encuentro una declaración que resulta sorprendentemente contemporánea:

“Women are still exploited on TV, so much so that we tried to keep girls out of our videos. I’m sick of that shit on TV! We love and respect women.”

Estamos en 1991. No en 2026.

La declaración tiene además algo fascinante: aparece dentro de una industria —el hard rock y el heavy metal de finales de los ochenta y principios de los noventa— que había llevado el sexo, la estética corporal y la provocación a cotas enormes. Videoclips con modelos, cuero, cuerpos, fiestas y una iconografía hipersexualizada convivían con músicos que empezaban a cuestionar precisamente aquel mecanismo. Años después, protagonistas de aquella escena recordarían abiertamente hasta qué punto sexo, excesos e imagen formaban parte del ecosistema del rock.  

Pero para comprender lo que estaba ocurriendo hay que retroceder un poco más.

Cuando una canción no tenía cuerpo

Durante buena parte del siglo XX, el gran escaparate de la música popular fue la radio. El oyente recibía una voz, unos instrumentos y una melodía. Podía conocer al artista por una fotografía, una portada de disco o una revista, pero durante el acto fundamental de escuchar música su aspecto físico era irrelevante.

La radio obligaba a competir principalmente con sonido.

La televisión añadió otra dimensión: ahora la canción también tenía que ser mirada.

El videoclip terminó de transformar esa relación. MTV comenzó sus emisiones en Estados Unidos en 1981 y durante los ochenta convirtió el vídeo musical en una herramienta formidable de promoción. Diez años después, cuando se publica esta entrevista, su importancia comercial era evidente.

Extreme constituye un buen ejemplo. Documentación de la industria de 1991 muestra cómo Get the Funk Out recibió un fuerte apoyo de MTV durante la promoción europea de Pornograffitti. Y sería precisamente la balada More Than Words la que dispararía definitivamente la popularidad del grupo.   Décadas después, los propios músicos recordarían aquella explosión asociada a MTV.  

Ya no bastaba con sonar.

Había que verse.

Imágenes: páginas originales de Kerrang!, octubre de 1991, fotografiadas de mi colección/consulta personal.

Del videoclip al algoritmo

Y ahí comienza una evolución que llega directamente hasta TikTok, Instagram, YouTube y las plataformas actuales.

El videoclip necesitaba una imagen capaz de mantener al espectador delante del televisor. Las redes necesitan algo todavía más difícil: detener un dedo que está deslizando una pantalla.

La competencia ya no es únicamente entre canciones. Es una competición por segundos de atención.

Y el sexo posee una ventaja comercial evidente: llama la atención de manera inmediata. Cuerpos, provocación, sensualidad, polémica y deseo funcionan extraordinariamente bien como estímulos visuales. No porque la sexualidad sea algo nuevo en la música —no lo es—, sino porque el ecosistema audiovisual y posteriormente el algorítmico pueden premiar aquello que consigue una reacción instantánea.

Mi impresión es que ahí se produce un cambio importante.

Antes, una imagen podía ayudar a vender una canción.

Ahora una canción también puede ayudar a vender una imagen.

Y no afecta exclusivamente a las mujeres. Basta observar esta propia portada de 1991. Mientras Bettencourt denuncia dentro de la revista la explotación de la mujer en televisión, Kerrang! coloca fuera una enorme fotografía suya, torso desnudo, melena, pose calculada y el reclamo:

“Girls! Could you say no-no to Nuno?”

La paradoja casi explica por sí sola el negocio.

La industria comprendió que podía comercializar talento, pero también juventud, belleza, deseo, identidad, provocación y fantasía. El artista dejó progresivamente de ser sólo alguien a quien escuchábamos para convertirse también en alguien a quien mirábamos.

Hoy esa lógica ha alcanzado una nueva dimensión porque el músico ya no necesita aparecer únicamente en un videoclip de cuatro minutos. Debe existir permanentemente en pantallas: vídeos verticales, fotografías, stories, bailes, polémicas, entrevistas, estilismos, intimidad y contenido constante.

Por supuesto, sigue produciéndose música extraordinaria y existen artistas cuya propuesta está construida alrededor de ella. Sería absurdo afirmar lo contrario. La cuestión es otra: qué atributos recompensa mejor la economía de la atención.

Y aquí vuelvo a aquella revista que tengo entre las manos.

En 1991 Nuno Bettencourt se quejaba de la explotación sexual de las mujeres en televisión mientras una revista de heavy metal utilizaba su propio físico para vender ejemplares.

Treinta y cinco años después hemos cambiado MTV por una pantalla que llevamos permanentemente en el bolsillo.

La tecnología es distinta.

El negocio resulta inquietantemente familiar.

El sexo vende porque captura atención, y la atención se monetiza. El peligro aparece cuando la música deja de ser el producto principal y se convierte simplemente en la banda sonora de aquello que realmente se está vendiendo.

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